5.1.05

De cuando la URSS conspiraba con la Santa Sede

Todo comenzó allá por 1959 cuando, bajo los auspicios de Juan XXIII, la Iglesia católica inició uno de sus más titánicos y controvertidos esfuerzos para acercarse al seculum: el Concilio Vaticano II. En realidad, la labor del concilio no hizo más que recoger y ratificar los avances sociales practicados durante años en el mundo occidental, pero, para la nacionalcatólica España, fue como un terremoto. Los cambios en la Iglesia española empezaron a sucederse avalados por el Concilio, eso sí, merced a una importante brecha entre quienes aceptaban las directrices conciliares y quienes seguían aferrados a su tradicionalismo religioso. Esto, unido a otras controversias como la búsqueda de un nuevo concordato y las desafecciones del clero vasco y catalán hicieron que para 1969 la Iglesia se viese como uno de los más peligrosos enemigos de la dictadura franquista, enemigos que, por otra parte, empezaban a crecerle como enanos. Y era comprensible su peligrosidad. La Iglesia había sido uno de los principales sostenes del régimen, el primero en darle justificación moral y política. Esta nueva deriva solo podía deberse a la mas execrable de las traiciones.

La desafección quedaba patente en la declaración conjunta presentada a la Asamblea de Obispos y Sacerdotes en la que se iniciaba la autocrítica por el papel de la Iglesia en la guerra civil. No solo acababa con la justificación religiosa, la primera de todas, sino que interpretaba el conflicto como acaecido entre hermanos, entre españoles; no entre la verdadera España y la antiespaña. No llegó a alcanzar los dos tercios necesarios para ser publicada, pero una inquietante mayoría votó a favor.

Muchos de los altos cargos del franquismo eran sinceramente católicos, sin embargo la nueva corriente les era completamente extraña e inadmisible. Era el momento propicio para aplicar la castiza expresión "más papista que el Papa". La nueva vía conciliar no podía ser cristiana y si el Papa y la jerarquía la seguían debía ser por intereses ocultos o por mera desinformación, como Franco llegó a decir por carta a Pablo VI. La realidad no cabía en sus estrechas y rígidas estructuras mentales, así que se pasó a moldear la realidad para que pudiese entrar. Para muchos, el Pontífice había iniciado una ofensiva en toda regla contra España, a través del intento de derrocamiento del régimen. Otros cargos, sobre todo adscritos a Falange, tomaban el papel del más virulento anticlericalismo ("¡Tarancón al paredón!").

El delirio al que llegaba este precario equilibrio ideológico se hizo patente en 1972 cuando el Servicio de Información de la Dirección General de Seguridad comentaba el reciente documento "La paz es posible" de la Comisión Nacional de Justicia y Paz. La realidad necesitaba ser parcheada para hacerla comprensible y se recurrió a la conspiranoia mas febril. El Vaticano había desencadenado una virulenta ofensiva contra España y la hispanidad (incluyendo iberoamérica; esas voluntades de imperio que aún coleaban). El único fin de esta ofensiva era honrar el secreto acuerdo del Vaticano "en contubernio" con la URSS según en cual la Iglesia vendía la hispanidad al comunismo y a cambio en los países satélites de la Unión Soviética se permitía la elección de obispos (cosa que llevaba tiempo sucediendo) El Vaticano atacaba la estructura política española para permitir la entrada de los partidos, "incluso el comunista de la mano de Carrillo" como primer paso para la llegada de la horda roja. La alucinación no terminaba ahí: para contrarrestar la alianza entre las dos potencias se sugería una nueva formula de política exterior. El acercamiento diplomático a la China comunista que además traía la ventaja de dejar sin argumentos a quienes atacaban al régimen por considerarlo fascista. El acercamiento a la China roja podía servir para amenazar las fronteras soviéticas incluso con un enfrentamiento armado si proseguía la ofensiva religiosa contra España. China era en ese momento "un gran aliado frente a los rusos y clérigos vaticanistas"

Incluso aunque no contase con el agravante de que se debe a una teoría lanzada desde un estado (desde el servicio de "inteligencia" de un estado), siempre me ha parecido una de las mayores y más creativas teorías de la conspiración que he conocido. Tanto formulísticamente como por su alcance es del todo paradigmática: encontramos la sobrevaloración del objeto, la necesidad de juzgar las intenciones, el victimismo más patético…unido a la sin par prosa franquista.


Todo esto y más en: Ysás, P. "Disidencia y subversión", ed Crítica, Barcelona, 2004